DESARROLLO DE GALLETAS ENRIQUECIDAS CON HIERRO UTILIZANDO SANGRE DE CORDERO DESHIDRATADA Y HARINA DE
MÁCHICA PARA MEJORAR SU VALOR NUTRITIVO
superior a la del hierro libre que se encuentra en las fuentes vegetales. Gracias a esta
característica biológica, la sangre de cordero se convierte en un recurso de gran valor. Aunque
suele desecharse en los mataderos tras el faenado tradicional, su recuperación y deshidratación
térmica controlada permiten concentrar proteínas de alto valor biológico, vitaminas del
complejo B y zinc, además de alcanzar niveles excepcionales de hasta 220 mg de hierro puro por
cada 100 gramos de polvo. Revalorizar este subproducto proporciona hierro hemínico de
excelente biodisponibilidad y, al mismo tiempo, ofrece una solución práctica y sostenible frente
al desperdicio orgánico.
Para que una intervención de esta índole sea verdaderamente efectiva, debe superar el reto de
la aceptabilidad sensorial. Es aquí donde adquiere protagonismo la harina de máchica, un
ingrediente profundamente arraigado en la tradición culinaria y la identidad de la región andina.
Obtenida a partir de la molienda de maíz y cebada tostada, la máchica es una fuente
excepcional de fibra, vitaminas y carbohidratos complejos, erigiéndose como un sustituto
funcional brillante frente a las harinas blancas refinadas (3) . Integrar ambos ingredientes
mediante la elaboración de galletas facilita la vehiculización de los nutrientes en un formato de
consumo masivo. Este tipo de producto ofrece ventajas prácticas, como un envasado sencillo,
una vida útil prolongada y, sobre todo, un sabor muy familiar. El principal desafío técnico
consiste en lograr el equilibrio exacto: aportar una dosis significativa de hierro sin alterar la
textura, la miga o el aroma que el consumidor espera percibir.
El desarrollo de estas matrices alimentarias cuenta con un sólido respaldo académico. Diversas
investigaciones ya han demostrado la viabilidad de incorporar derivados hemáticos en
productos de panadería. Por ejemplo, el estudio de Garay (4) que combinó derivados bovinos
con quinua, confirmó que el uso de sangre en galletas incrementa de forma sustancial el perfil
férrico sin generar rechazo durante la degustación. En esta misma línea, Chinchay (5) formuló
barras infantiles con sangre liofilizada y obtuvo métricas nutricionales sobresalientes. Por su
parte, autores como Álamo (6) y Guevara (7) documentaron impactos clínicos reales y
excelentes tasas de absorción, tanto en pacientes anémicos como en modelos animales, tras el
consumo de pan fortificado.
La necesidad sanitaria de crear estas alternativas sanas se hace aún más evidente frente a la
revisión exhaustiva de Hoyos, la cual evidenció que la gran mayoría de las galletas comerciales
están saturadas de azúcares y carecen de micronutrientes reales. Ante esta realidad, autores
como Mena, Quispe y Contreras (8–10) han experimentado con gran éxito el uso de derivados
hemáticos porcinos y bovinos en hamburguesas, panes clásicos y fideos, corroborando grandes
ventajas biológicas. Esto concuerda rotundamente con la postura de López (2) sobre la urgencia
de reusar subproductos pecuarios para la sanidad pública, y con lo señalado por Paredes (3)
respecto a las enormes, pero poco estudiadas, bondades de la máchica en la dieta andina.
Además, trabajos en áreas rurales y escolares llevados a cabo por Delgado (11) en Bolivia, y por
Herrera (12) y Arévalo (13) en Ecuador, confirmaron que la distribución de estos alimentos logra
reducir la prevalencia de anemia en muy pocos meses, apoyándose en el factor psicológico vital
documentado por Moreno (14): las personas asimilan mejor la innovación alimentaria cuando
perciben que respeta su identidad cultural.
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