DESARROLLO DE EMPAQUES BIODEGRADABLES ACTIVOS A PARTIR DE SUBPRODUCTOS AGROINDUSTRIALES CON
EVALUACIÓN DE SU IMPACTO AMBIENTAL Y FUNCIONALIDAD EN ALIMENTOS
cáscaras, bagazos, semillas o rastrojos, que se presentan como potenciales materias primas para
la extrusión de biopolímeros como el almidón, la celulosa, la pectina o el quitosano (4). La
utilización de estos residuos orgánicos no solo podría llegar a disminuir los costos de producción
de los eco-empaques en el momento de servirnos de fuentes de poco valor comercial, sino que
sirve para también para dar solución a problemas ambientales locales que genera la acumulación
y descomposición incontroladas de los residuos agrícolas en los vertederos (5).
Sin embargo, los primeros desarrollos de películas biodegradables puras presentaron serias
limitaciones técnicas. Los productos de envasado realizados solamente a partir de matrices
basadas en carbohidratos o proteínas presentan una alta hidrofilicidad (es decir, capacidad de
absorber agua), escasa resistencia mecánica y, además, una baja capacidad como barrera a gases;
lo que reduce drásticamente las posibles aplicaciones en los alimentos que poseen una alta
actividad de agua o que requieren ser envasados en atmósferas controladas (6). Con el propósito
de solventar las debilidades estructurales de este tipo de productos y a su vez, añadir valor
comercial a los envases, la investigación puntera se ha dirigido a la investigación conjunta de los
envasados biodegradables activos. Éstos transcienden las características y la función de una
simples barrera física pasiva; sino que incluso se pueden interferir e interaccionar activamente
con el alimento o espacio de cabeza del envase mediante la liberación de compuestos bioactivos
o incluso la absorción de agentes no deseables como puede ser el oxígeno, la humedad o el
etileno (7,8), (8) . La utilización de agentes antioxidantes, extractos con altos niveles de
polifenoles y aceites esenciales encapsulados en la misma matriz de la packaging, ha resultado en
la mejora de forma muy positiva de la estabilidad de productos muy propensos a deteriorarse
como las carnes rojas, los filetes de pescado, o las frutas climatéricas, al ralentizar el desarrollo
de olores y sabores extraños (9), (10) . A pesar de los claros beneficios funcionales en la
conservación de los alimentos, la eficacia de campo de los mencionados empaques no debe ser
considerada a priori en el mercado internacional. De forma estricta es necesario validar su
sostenibilidad real mediante herramientas estandarizadas e internacionales como el Life Cycle
Assessment (LCA) (11).
El ACV permite la cuantificación objetiva de las cargas ambientales asociadas a cada una de las
etapas del producto: desde la extracción de las materias primas (cunas), el transporte, el
procesamiento químico para obtener y purificar los biopolímeros, hasta llegar a la manufactura
del envase y su disposición final (tumba) (12). Estudios recientes informan de una huella de
carbono inferior para los bioplásticos en comparación con los plásticos de ingeniería
petroquímica, si bien las etapas de extracción de aditivos y purificación de subproductos pueden
requerir grandes proporciones de disolventes y energía térmica, haciendo el cambio hacia
categorías críticas, como la eutrofización del agua o la acidificación del suelo (13), (14). Por lo
tanto, el equilibrio entre la funcionalidad técnica y el verdadero beneficio medioambiental es el
principal reto científico del momento actual.
Y es que, esta investigación tiene razón de ser en la necesidad de concentrar el conocimiento que
se encuentra disperso en diferentes publicaciones sobre estas tecnologías de valorización de los
residuos agrícolas y de unificar, en el ámbito de la ciencia de materiales, los criterios de la
funcionalidad técnica con los de la sostenibilidad. A través de la armonización de la
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