DESARROLLO DE RECUBRIMIENTOS BIODEGRADABLES A BASE DE BIOPOLÍMEROS PARA INCREMENTAR LA VIDA ÚTIL
POSTCOSECHA DE FRUTAS ANDINAS
ambiental y la acumulación de residuos no biodegradables han propiciado las investigaciones
hacia alternativas más sostenibles (3). En este contexto, las diferentes opciones de
recubrimientos comestibles definidas como recubrimientos delgados, continuos y comestibles
que se aplican directamente sobre la superficie de los alimentos a través de inmersión, aspersión
o pincelado han surgido como una tecnología de conservación postcosecha que actúa como una
barrera frente a la pérdida de humedad, el intercambio gaseoso y el ataque microbiano (4), (5).
Estos recubrimientos se llevan a cabo principalmente a partir de biopolímeros de origen natural,
los cuales se clasifican, en general, en tres grupos: polisacáridos (quitosano, alginato, almidón,
pectina y celulosa), proteínas (gelatina, caseína, proteínas de lactosuero) y lípidos (ceras, ácidos
grasos), los cuales pueden ser combinados entre ellos o con compuestos bioactivos para mejorar
sus propiedades de barrera y características antimicrobianas (6). El quitosano, obtenido por
desacetilación de la quitina presente en exoesqueletos del grupo de los crustáceos, destaca por
su biocompatibilidad, su capacidad filmógena y su actividad antifúngica intrínseca, de ahí que sea
uno de los biopolímeros que más se ha estudiado para la conservación postcosecha (7), (8). En
ese sentido también el alginato sódico, que se obtiene de las algas pardas, forma geles estables
mediante reticulación con iones calcio, formando películas que presentan un comportamiento
adecuado como barrera contra el vapor de agua y que son compatibles con aditivos
antimicrobianos (9). Por su parte, la pectina, que se obtiene principalmente de las cáscaras de la
fruta cítrica, representa otra alternativa interesante por su capacidad gelificante (10). Finalmente,
el almidón se presenta como una alternativa económica y disponible, aunque su naturaleza
hidrófila le limita su rendimiento como barrera, hecho que ha motivado el desarrollo de
almidones modificados y de compuestos híbridos con nanocelulosa o carragenina (11), (12).
La incorporación de los aceites esenciales mediante la aplicación de sistemas de nanoemulsión
ha favorecido la mejora de la actividad antimicrobiana y antioxidante de estos recubrimientos,
disminuyendo la aparición de hongos postcosecha sin alterar las propiedades sensoriales del fruto
(13), (14). Igualmente, los biopolímeros de tipo proteico, como la gelatina activada con
nanoemulsiones de aceites esenciales, han mostrado buenos resultados en aplicaciones del
empaque alimentario (15). Estas tecnologías han posicionado a los recubrimientos biopoliméricos
como un recurso polivalente y adaptado a la fisiología de diferentes especies frutales. La
problemática presenta especial interés en el caso de las frutas andinas.
Cultivos de alto valor nutricional, comercial y exportador para los países de Colombia, Ecuador y
Perú son la uchuva (Physalis peruviana), la naranjilla o lulo (Solanum quitoense), el tomate de
árbol (Solanum betaceum) o el mortiño o agraz andino (Vaccinium spp.). Sin embargo, su fisiología
climatérica, caracterizada por elevadas tasas respiratorias y de producción de etileno, provoca
que su senescencia avance más rápidamente y que su vida útil postcosecha se reduzca
drásticamente, derivando en pérdidas que repercuten sobre la rentabilidad de pequeños y
medianos productores (16), (17). Algunos estudios han descrito la evaluación de recubrimientos
compuestos para el tomate de árbol (18), quitosano con cera de abeja para la uchuva (19), y
formulaciones binarias de polisacárido y proteína para la naranjilla (20), cuyos resultados son
prometedores, aunque algo dispersos en la producción de la literatura regional.
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